CUANDO LOS PERSONAJES COBRAN VIDA…

CUANDO LOS PERSONAJES COBRAN VIDA
Ya era noche cerrada. Ana estaba escribiendo una novela de aventuras más el sueño comenzó a vencerla…; ni siquiera repasó los últimos párrafos, como solía hacer, simplemente: pulsó el icono de “guardar” y cerró el ordenador. Quizá por ello se perdió muchas cosas…

-¡No! – gritó Ed – ¿Cómo se le ocurre a la autora dejarme en medio del Pacífico?
-No te quejes – replicó el perro, llamado Buck -. Tu estás en un bote, tío, a mí me ha tirado al agua.
-¡Pero nos ha puesto una tormenta encima! ¿Por qué diablos no ha escrito un poco más y nos ha dejado en la isla?
-No sé… ¿Y si hay caníbales?
-Buck, Ana no ha pensado en ningún personaje caníbal hasta ahora…
-¿Cómo lo sabes?
-Bueno, yo… ¡No será tan bestia!
-El que sabe lo que hay en la isla es Erik, algo de un secreto…
-Sí pero él se ha perdido con el naufragio – replicó Ed – ¡Dios! ¡El bote está lleno de agua…!
-¡Eh! – gritó entonces una voz – ¿Estáis bien?
-¡Erik! – respondió Ed.
-¿Dónde diablos está la autora? ¿Por qué narices nos deja en estas condiciones?
-Tenemos que rebelarnos – apuntó el perro.
-¿Cómo?
-¿Nos amotinamos?
-No es mala idea – otorgó Erik -. Vamos a nadar hasta la isla y ¡que le den!
-Yo no se nadar – replicó Ed -. Ana se empeñó en crearme con ese defecto para darle más interés a la historia, supongo… ¡Manda narices!
-Nadar es fácil – intervino Buck -, sólo tienes que mover las patas y dejarte ir…
-¡Yo no tengo patas, tengo piernas!
-Pues será lo mismo, digo yo…
Erik, que estaba en el agua y se sostenía con un flotador, se acercó a la pequeña lancha de goma, pero la tempestad era intensa y el oleaje estaba a punto de hundir la embarcación…
-¡Tenemos que llegar a la isla! – gritó por encima del sonido de los truenos.
-¡Que no se nadar, tíos! – repitió Ed.
-¡Pues aprende! Rebélate de una vez – apremió Erik -. No sé vosotros, pero yo no paso en el agua ni un minuto más. El islote está a media milla…
En ese instante la embarcación comenzó a hundirse a causa del exceso de peso. Ed, temblando, se aferró a su chaleco y siguió a sus compañeros, que nadaban hacia tierra firme. Decidió que ya sabía nadar, después de todo era el protagonista de la historia y algún peso tendría su opinión ¿no?
Los tres personajes llegaron a una diminuta playa arenosa y se dejaron caer, cansados y exhaustos, pero sólo un poco después decidieron que tendrían que alimentarse porque la “inútil” de Ana los había dejado sin víveres…
-Podemos probar con los moluscos – sugirió Erik -. Ha de haber en esas rocas – señaló.
-¡Puag! – bufó Buck -. Yo prefiero cazar algo más sabroso.
-Pues yo buscaré alguna fruta – añadió Ed.
Al rato, los tres habían conseguido encender una pequeña hoguera para calentarse y estaban alimentándose con mejillones y un par de cocos, además de una especie de liebre o conejo que Buck se afianzó.
Para hacer fuego recurrieron al método primitivo de frotar unos palitos junto a un puñado de yesca y les costó un poco, todo hay que decirlo, pero por fin se relajaron y durmieron plácidamente al calor de la lumbre.

A la mañana siguiente, Ana retomó su novela. Comenzó a releer el último capítulo y… ¿? “Caramba – pensó -, estaba tan cansada anoche que no recordaba que ya los tenía en la isla… No está mal que Ed haya aprendido a nadar para llegar a ella, eso era un problema que no sabía solucionar pero, claro, la necesidad obliga… ¡Y han encendido fuego y encontrado alimento!”

Ana se sorprendió a si misma al ver cómo había logrado avanzar con la historia solventando de paso algunas cuestiones que le preocupaban… “¿Y todo eso lo escribí cuando me caía de sueño y sin recordar lo que hice?” – se preguntó-. “Pues he de reconocer que trabajar con el “piloto automático” no está mal…”

La autora retomó la escritura y lo primero que hizo fue despertar a sus “protas”
-¡Manda narices! – se quejó Erik.
-¡Que estamos molidos, tía! – secundó Ed.
-Pon más bichos comestibles en la isla – añadió Buck -, me gusta cambiar de dieta…

Ana, ignorante por completo de lo que decían los personajes, pensó que colocaría a un desconocido en el islote para dar emoción a la aventura.
-¡Que no sea caníbal! – gritó Ed.
-¡Ni pirata! – exclamó Erik
-¿Puedes ponerme compañía femenina? – pidió Buck.

La escritora siguió con su novela por espacio de dos horas y cuando los personajes habían caído en una emboscada y estaban a punto de ser atacados, pulsó nuevamente el icono de “guardar” y apagó el equipo.
-¡No! – gritaron los tres al unísono.
-¿Sera borde la “tía”? – añadió Ed.
-¡Es que es más de lo mismo! – exclamó Buck -. La muy psicópata siempre nos deja tirados en los peores momentos.
-¿Qué hacemos? Ese tío va armado…
-No tendrá munición, el fusil es de museo – opinó Erik.
-Será lo que tu quieras pero el tipo parece muy bruto.
-Más bruto que Ana seguro que no – bufó Buck.
-No nos queda otra – apuntó Erik-. ¡Rebelión! Vamos a ingeniarnos cómo salir de esta.
-Yo me cargo al tipo ese de un mordisco – se ofreció el perro –, por lo menos le robaré el trabuco ese, y mientras lo distraigo os piráis.
-¡Hecho!
De inmediato, los personajes pasaron a la acción, lograron salvarse de la emboscada y encontraron una cueva en la que decidieron instalarse, luego en una de las paredes de su refugio rasparon con un palo la arenilla para dar forma a un dibujo que, una vez concluido, tenía cierto parecido con el rostro de Ana… Jugaron a lanzarle piedras a modo de diana mientras le dedicaban montones de “adjetivos”:
-¡Es una inútil egoísta!
-Siempre nos deja en los peores sitios.
-Nos ha dado un buen remojón la muy borde.
-Y casi nos mata de hambre… ¡Insensible!
-¡Psicópata!
-¡Bruja!
Cuando Ana retomó el escrito horas más tarde volvió a sorprenderse de sí misma… “¿Tendré principio de Alzheimer? ¿Cómo diablos no recuerdo todo esto? ¿Y qué he puesto en la pared de la cueva? Bueno… No está mal la idea de un dibujo para que saquen el retrato robot del desconocido… No, no está nada mal…”

@Pilar López Bernués

(Más relatos propios en: http://literatura.superforos.com/viewforum.php?f=18)

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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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