UN CIELO REPLETO DE ESTRELLAS

UN CIELO REPLETO DE ESTRELLAS
Nuria sentía adoración por el cielo nocturno. Le fascinaba la sola contemplación del Universo y podía pasarse horas en silencio, tratando de imaginar qué habría allá arriba, en cada uno de los mundos que, con su resplandor, mitigaban la oscuridad de la noche… ¿Y por encima de esos puntos de luz? ¿Existiría algo más allá? ¿Formarían esos atisbos luminosos un todo? ¿Sería el Universo una enorme molécula y los soles y planetas parte de su composición atómica? Nuria imaginó a los soles como protones, rodeados de sus electrones (los planetas) y sintió que todo le daba vueltas y que en realidad, nada sabía de cuánto la rodeaba.

Aquella noche era especial. ¡Iba a ser especial! La muchacha tenía en sus manos una extraña bola de cristal. Era un objeto ancestral que sólo podría usar unas pocas horas; se decía de él que se trataba del telescopio más potente jamás descubierto y que bastaba enfocar un objeto muy, muy lejano para verlo ampliado millones de veces. El tamaño lo determinaba el observador.

Nuria se relajó. Se hallaba en una zona montañosa y solitaria y las estrellas brillaban con intensidad. Contempló largamente la Osa Mayor y lamentó que su pobre cultura astronómica no le permitiera identificar con seguridad otras constelaciones y planetas.

Había una estrella grande, que fluctuaba, y la muchacha dirigió hacia ella su bola mágica. No estaba muy segura del resultado ¡pero tenía que probarlo! Con emoción y un poco asustada, Nuria contempló el cristal…

La bola se llenó de claridad, de imágenes… y vio un extraño lugar, de luz azulada. Sus habitantes eran altos y delgados y poseían un cráneo puntiagudo y sin pelo; caminaban completamente desnudos por una elegante ciudad de edificios transparentes… Algo llamó la atención de la joven: Un muchachito lloraba completamente desconsolado. Nuria trató de adivinar el motivo y su bola mágica se lo mostró: El adolescente se había enamorado perdidamente de una chiquilla y ella, que en un principio aceptó salir con él, acababa de romper la relación para iniciar una nueva con otro joven algo mayor. El primer chico se veía tan compunjido, triste y solitario que Nuria se sintió tremendamente mal… ¡Cómo le habría gustado poder consolar a aquel chico! Lo entendía perfectamente bien porque ella acababa de pasar por una experiencia parecida y todavía sentía su corazón roto en pedazos.

Entristecida aún, la muchacha eligió otra estrella al azar. ¡Se trataba de un sol! Todo cuanto pudo ver fue una sucesión de tremendas explosiones.

La siguiente busqueda la situó en otro planeta. Se veía árido y desértico, con dos satélites girando en torno suyo. El lugar era tan inóspito que Nuria decidió probar suerte de nuevo.

¡La tuvo esa vez! Había dado con un sitio habitado. Le llamó la atención que todos sus habitantes fueran humanoides y no distinguió animales ni plantas. Comprobó que aquellos extraños seres habían aprendido a vivir utilizando directamente la energía del aire y el suelo. Al no tener necesidad de alimentarse, no trabajaban y el planeta parecía un lugar placentero en el que la gente se dedicaba a leer en enormes bibliotecas repletas de algo parecido a ordenadores. Otros hacían deporte, jugaban o pasaban horas de ocio en lugares paradisíacos… También había músicos, pintores y todo tipo de artistas. Los habitantes de ese astro parecían entregarse a sus aficiones y se les veía felices… Pero había una parte oscura en aquel lugar. Nuria trató de aproximarlo y descubrió a los “desterrados”. Se trataba de sujetos apartados de la sociedad por delincuentes y estaban recluídos en la zona más fría y desapacible del planeta… “Qué pena – pensó la joven -. Si no tienen necesidades físicas ¿por qué hay delincuentes?” “Está claro – siguió – que la evolución de cada ser sigue su curso y por muy bueno que sea su entorno acaba sucumbiendo ¿Será que esos tipos se aburren y por eso se dedican a fastidiar a los demás?”.

Nuria estaba tan entusiasmada con su bola mágica que apenas se percató de que habían transcurrido varias horas y el telescopio ya no le pertenecía. Se levantó sobresaltada, dispuesta a marchar de inmediato y entregar la reliquia. Por el camino, recordó de nuevo a aquel muchachito que lloraba y sintió lástima e impotencia. En ese momento, no obstante, una tremenda certeza se hizo realidad en su mente: Aquel joven no existía, quizá su planeta tampoco. Ella había contemplado una escena ocurrida “X” cientos, miles, millones de años luz… 

Núria levanto los ojos hacia el Cielo y comprendió que sólo tenía ente ella retazos de pasado. ¿Cuantas de aquellas estrellas ya no existían? ¿Cuantas habría en su lugar que todavía no lograba ver?

Incrédula, la muchacha contempló de nuevo la Osa Mayor… ¡Parecía tan real! ¡Parecía el Universo tan palpable y lleno de vida! ¡Y no era más que una ficción!

@Pilar López Bernués
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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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2 respuestas a UN CIELO REPLETO DE ESTRELLAS

  1. ¡Magnífico relato! 🙂
    Mi más sincera enhorabuena.
    Besos.
    Francisco

  2. plbernues dijo:

    Muchas gracias, Paco. Celebro que te haya gustado.
    Besos.
    Pilar

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