UN CACHORRO LLAMADO TOMMY

UN CACHORRO LLAMADO TOMMY
Hacía calor dentro de la caja oscura. Tommy era un precioso cachorro de Pastor Alemán, aunque eso él no lo sabía. Tenía pocas semanas y, lógicamente, sus conocimientos aún eran pobres. Recordaba a su hermano Gran y a su hermana Luna, y también a mamá… ¿Dónde estaría mamá? ¿Por qué no acudía a rescatarlo de aquel sitio? ¡La llamaba con todas sus fuerzas!

De pronto, el perro cerró los ojos cuando la luz le cegó. Ya no había oscuridad. Arriba distinguió luces, guirnaldas de colores y un cartel grande que ponía “Felicidades, Javi” . Aunque Tommy no sabía leer, su instinto le dijo que algo importante iba a pasarle.

-¡Guau! -exclamó Javier- ¡Es precioso!

Dos manos rodearon el pequeño cuerpo de Tommy y lo sacaron de la caja. El cachorro se tranquilizó al recibir caricias y percibir la alegría del que lo sujetaba; enseguida “supo” que aquella iba a ser su nueva familia. Esa poderosa sabiduría llamada instinto le hizo entender que Javi era otro “cachorro”, aunque muy raro ¡eso sí!, pero quizá sería algo parecido a un hermano, como Gran o Luna… También tendría de nuevo una mamá y, en definitiva, una camada, que era lo que su corazón ansiaba y necesitaba. Con el corazón rebosante de alegría, gritó un sonoro “GUAU” y refregó su peluda cabeza en la mano del niño.

-¡Me gusta! – afirmó Javi – ¡Es el regalo más GUAI!

Tommy se sintió a gusto. ¡Había encontrado una familia! Un poco extraña, era verdad… Ninguno se parecía ni un poquito a un perro… Olían raro, a veces diferente cuando usaban, según el día, unos botes de esencias “fuertísimas” que se echaban encima hasta casi hacerle estornudar… (eso le obligó a memorizar todos los olores naturales, antes de que se embadurnaran, para no perder el rastro… ¡qué complicado!) Los miembros de la nueva camada también tenían una “piel” que no era piel, de diferentes colores y sin pelo. ¡Cada día su aspecto era diferente!!! ¡Pero se llevarían bien!. Tommy sabía que Javi era un cachorro, como él, y se entenderían a la hora de jugar. En cuanto a Gran y Luna… Bueno, le dolía un poco el estómago si pensaba en ellos, y también en mamá, sobre todo en mamá, pero intuía que Javier llenaría pronto toda su vida.

Tommy aprendió a beber leche y agua en un cuenco, a comer unas bolas que no le entusiasmaban mucho pero a las que Javi solía añadir algo más apetitoso de vez en cuando…, a dormir en una caja junto a algo que hacía “TIC-TAC” y a jugar con unas cosas que colgaban del techo y que llamaban “cortinas”. Ese juego le gustaba mucho, pero no entendía por qué a “mami” no y tampoco a Javier. Él prefería sentarse delante de algo parecido a una ventana, con dibujos que movía a distancia y que hacían “PIP, PIP…” ¡Qué raro! Cuando el niño estaba con ese aparato era inútil molestarle y pedirle jugar a otra cosa, miraba la pantalla como si le fuera la vida en ello.

Pero encontraron juegos comunes: Era divertido correr por el pasillo y hacer carreras, siempre ganaba él. Otras veces, Javi escondía un muñeco de trapo y él iba a buscarlo. ¡Era facilísimo encontrarlo! ¡Olía a mil demonios!

Tommy aprendió a correr cada vez que la mamá cogía la escoba y chillaba: ¡TOMMY!!! Solía gritar cuando él marcaba su territorio y no entendía por qué. A lo mejor era una forma de jugar, pero no estaba muy seguro…

Pasaban las semanas y Tommy era feliz. Algunas veces sus padres postizos se enfadaban mucho con él, eso era cierto, sobre todo si cogía el papel del aseo y lo escondía para que lo buscasen. Javi también le prestaba menos atención que los primeros días y a veces se olvidaba de cepillarle el pelo o sacarlo un rato a la calle, pero él estaba contento. Tenía comida, galletas, una cama y muchos juguetes.

Un día, la familia se levantó muy temprano y muy agitada. Todo eran bultos, bolsos y prisas. El padre de Javi salió en busca del coche mientras la madre terminaba de colocar los trastos de la playa. ¿Playa? ¿Irían de vacaciones? Tommy no estaba muy seguro de qué era eso, pero imaginó que sería algo fantástico a juzgar por la alegría del niño y del resto de la camada…

Con rapidez, como si los persiguieran, entraron todos en el vehículo. Tommy iba detrás, con los paquetes, más no le importaba mucho. Aunque aquel canario tonto y su jaula viajaban al lado de Javi no sintió celos. ¿Cómo podría su amigo perder el tiempo con un pájaro tan inútil? No sabía jugar, no le lamía para demostrar afecto. ¡Bah! ¡Semejante bicho no le preocupaba lo más mínimo! Y si le molestaba mucho se lo comería y ¡en paz! – decidió.

El coche arrancó y la familia partió rumbo a la playa. Al poco, el padre de Tommy paró el vehículo, bajó y abrió el portamaletas.

-¡Venga, Tommy, sal!

¿Ya habían llegado? El perro salió corriendo, dispuesto a no perder ni un minuto de vacaciones y a conocer de una vez eso que se llamaba “playa”. Pero… ¡El coche arrancó de nuevo!

-¡GUAU! – gritó – ¡GUAU!

El corazón se le oprimió. ¡No se habían dado cuenta de que no estaba! ¡Tenía que encontrarlos! A toda velocidad siguió al coche. -“GUAU, GUAU”. ¡No le oían! ¡No le oían! Desesperado, corrió hasta que los dedos le sangraron. Vio el vehículo a lo lejos, -“GUAU, GUAU”. ¡No había forma! ¿Tendrían la música a todo volumen? Corrió un poco más. El sudor, que su piel no eliminaba, le empañó los ojos y comenzó a jadear con la boca abierta, pero siguió avanzando todo lo deprisa que pudo. De pronto, Javier se volvió: ¡Le había visto! ¡Salvado! Pero… ¿Qué estaba pasando? Javi bajó la cabeza y se puso a llorar, el coche no paró…

Desolado, Tommy dejó de correr… Su sabio instinto le reveló algo terrible: ¡Lo habían hecho a propósito! ¿Por qué? El los quería, los quería a todos, en especial a Javier. ¿Es que acaso no era de la familia? ¿Qué tenía aquel canario estúpido que no tuviera él? Siempre les demostró su afecto, los lamió, cuidó y hasta ofreció a Javi compartir con él sus galletas preferidas… ¿Qué había hecho mal?

Llegó la noche. Tommy estaba muerto de hambre pero no sabía cómo encontrar comida. Su auténtica madre no pudo enseñarle lo suficiente antes de que se lo llevaran… Vagó sin rumbo durante horas. Las pezuñas, ensangrentadas, le molestaban mucho, pero el estómago no le daba descanso. De madrugada, se arrinconó bajo un matorral y lloró. Se sentía solo, asustado, traicionado… Pensó en Javi y el dolor fue insoportable.

La primera luz del día sorprendió a Tommy dormido. En cuanto despertó, la realidad de su situación le pareció horrible. El hambre ya era un tormento. Consiguió cazar un par de moscas, pero aquello no era más que una distracción. Recordó su cuenco de comida, sus galletas, y se sintió desfallecer. Decidió caminar y buscar una solución. Si Javi ya no le quería tendría que buscarse otra familia… ¡Pero él no quería otra familia, quería la suya!

Un olor que le hubiera parecido nauseabundo unos días antes estimuló su olfato… ¡Cerca había contenedores de basura! Corrió hacia allí, hambriento y desesperado. Consiguió romper una bolsa de plástico y extraer restos de comida; pero antes de comérselos una piedra le alcanzó en la cabeza y le abrió una herida. Huyó exasperado, humillado y asustado. Y siguió corriendo todo el día en un intento vano de huir de una situación que no entendía. Cada vez que recordaba a Javi se le encogía el corazón.

La noche sorprendió a Tommy caminando por una carretera larga y solitaria. Sus pezuñas heridas iban dejando un rastro de sangre. Le dolía la cabeza y también el estómago. Ahora, además de hambre, tenía sed… Pero lo que realmente le atormentaba era el corazón. ¿Por qué habían hecho eso? El los quería, y habría salido en su defensa ante cualquier enemigo… ¡Habría dado su vida por ellos! Recordó las caricias del niño, cuando él era un cachorro y necesitaba afecto. Pensó en los juegos y en aquel aparato estúpido que a Javi le entusiasmaba tanto y él no entendía… Cuando salían a pasear trataba de portarse bien. A veces no había contestado a los insultos de algunos perros para no enfadar a su amigo, e iba dócilmente de la correa… Aunque Tommy hubiera podido llorar con lágrimas, a esas horas de la noche ya no le quedaría ninguna. Tenía el corazón destrozado.

De pronto, una luz cegó sus ojos y se acordó de cuando era pequeño, recordó el día que Javier abrió su regalo y lo sacó de la caja oscura… ¡Oyó un sonido agudo, chirriante! ¡Notó un golpe seco! Pero ya no sintió el dolor…

Pilar López Bernués

 

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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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