LA HISTORIA DE CLEO, UNA PERRA LAZARILLO

Cuando la pequeña Cleo llegó al mundo, su instinto (esa poderosa invención que nadie entiende mucho de dónde procede) se ocupó de ayudarla a mantenerse en pié, buscar alimento, reconocer a “mamá” y a sus hermanos, tres chicos y otra hembra.

La calidez de su progenitora, sus caricias y la leche que satisfacía su hambre colmaron el pequeño mundo de la perrita-bebé; no conocía nada más, de modo que tampoco ansiaba más que el calor y la ternura de mamá y los juegos con sus hermanos…

Tom era el jefe de la camada y el que organizaba las travesuras, y quizá era el jefe porque estaba más desarrollado o tenía más carácter… En cualquier caso, para Cleo resultaba divertido retozar con Tom, Sam, Teo y Aina. Jugar a mordisquearse, perseguirse o colgarse del rabo de “mami” era una distracción segura.

Un día, la cachorrita contempló asustada cómo un humano apartaba a “mamá” y luego se llevaba a Teo… ¡Y lo mismo sucedió al día siguiente con Tom! Los juegos ya no eran los mismos y tanto ella como Aina y Sam notaban la ausencia de sus hermanos; también “mami” los buscó con su olfato hasta que se rindió… Sólo dos días después Aina desapareció y Sam lo hizo al siguiente… Asustada, Cleo se pegó a su madre. Ya no había juegos ni mordisqueos con sus hermanos… ¿Qué había pasado?

Una semana más tarde, la pequeña vio que de nuevo unos seres de dos patas apartaban a mamá… Empezó a temblar de puro pánico, presintiendo que la vida que conocía había terminado. ¡Y así fue!

La perrita fue conducida a un centro de adiestramiento canino. A base de palos comenzó a entender que no podía comer cuando quería, que debía obedecer las órdenes de un ser humano y aprender cosas que escapaban de su razón…

Cuando Cleo entendió que no le quedaba más remedio que aceptar órdenes, los palos fueron sustituidos por pequeños premios porque el trabajo que iba a desarrollar el resto de su vida exigía complicidad con el que sería su dueño.

Poco a poco, Cleo aprendió a convivir con esos amos de dos patas, a distinguir un semáforo verde de uno rojo, a buscar un camino viable para un humano sin vista, a no ladrar en un piso y a marcarle a su dueño un obstáculo… Fue una tarea difícil que le ocasionó muchos trastornos hasta que asumió que su lugar en la vida no podía decidirlo y eso era lo que le había tocado.

Tras varios meses de adiestramiento, Cleo ya estaba preparada para ser una perra-lazarillo. El primer contacto con el que iba a ser su amo no fue fácil porque ella pasó muchos minutos en una habitación de hotel (no sabía qué era eso) totalmente asustada y confundida. Por fin, la puerta se abrió, apareció un adiestrador y junto a él Tomás, el que iba a ser su dueño (aunque Cleo aún no lo sabía) pero la caricia que le dio en la cabeza, sus palabras susurradas y la nariz de él en su olfato, en signo inequívoco de complicidad, la tranquilizaron  hasta el punto de que se permitió lamer afectuosamente a aquel desconocido que le había mostrado afecto.

Tomás y la perrita pasaron varias jornadas conociéndose y acoplándose, siempre bajo la mirada inquisitiva del adiestrador, que iba corrigiendo errores. ¡Pero al fin llegaron a casa!

Cleo se sintió fenomenal al conocer a Ana, la esposa de Tomás, porque lo primero que la mujer hizo fue acariciarla, susurrarle en el oído que era un regalo del Cielo y luego mostrarle el piso… Había una cama para ella en la habitación familiar, un recipiente de agua en la galería y otro repleto de comida que no consistía sólo en el insípido pienso sino en algo que olía “a mil demonios” se trataba de comida enlatada y algunos huesos del caldo que Ana acababa de preparar.

Satisfecha, Cleo comenzó a amar a sus dueños como sólo los perros saben hacer. Se convirtió en los ojos de Tomás, como era su destino, pero también en el corazón de un matrimonio sin hijos que recuperaron con ella una ilusión por la que seguir… Cuidar a Cleo, mimarla o aceptar sus caricias llenaron la vida de Tomás y Ana más allá de lo que podían explicar.

Cinco años más tarde ocurrió, no obstante, una tragedia: Tomás murió. Tanto Ana como Cleo notaron su ausencia y ambas se consolaron mutuamente. Sintieron las dos que la pérdida era irreparable y tanto la perra como su dueña estrecharon sus lazos de amistad y amor. Para la mujer perder a su marido fue un golpe brutal, para Cleo, adiestrada como estaba, no fue menos doloroso perder a su dueño, un amo que la quería y que continuamente le prodigaba muestras de afecto…

Pero con algo no contaban Ana y Cleo… La asociación de vecinos había redactado unos estatutos “tiempos a” en los que se prohibían animales en la finca. Se hizo la “vista gorda” en el caso de Tomás porque era invidente, pero ninguno quiso entender que, para Ana, Cleo era algo más que un animal y que tenerla a su lado le devolvía las ganas de vivir. A nadie le importó que, adiestrada como estaba, la perra no ladrase en el piso, no ensuciara el rellano, no molestara…

Los estatutos de la comunidad obligaban a la mujer a deshacerse de Cleo. De nada le sirvieron sus palabras ni sus lágrimas. “No se admiten animales en esta finca. Eso se pasó por alto cuando Tomás necesitó un lazarillo; puesto que ha muerto, nada justifica que tenga un perro y no podemos hacer excepciones”.

Ana se sintió desfallecer, no podía entender que hubiera gente tan inhumana e insensible, capaz de pedirle que se deshiciera de Cleo así, sin más. Tomás había muerto y les importaba poco o nada que para ella la perra fuera un SER al que amar y que la amaba… Pasó unas semanas muy nerviosa y con la incómoda intromisión de los vecinos, que cada vez que la veían le recordaban que los estatutos comunitarios no aceptaban animales, que hicieron la vista gorda porque Tomás era invidente, pero que ya era hora de que deshiciera de la perra… Ninguno quería entender que Cleo, adiestrada como estaba, no ladraba, no ensuciaba y no molestaba… -se repetía ella una y otra vez.

Incapaz de abandonar a Cleo, Ana tomó una drástica decisión: Alquiló su piso y se fue a vivir a un diminuto apartamento. Apenas tenía espacio para sus discos y libros y tuvo que comprar un armario en el que colgar la ropa pero… Satisfecha, la mujer pensó que se había librado de un manojo de gentuza insensible y que el AMOR en mayúsculas que sentía por ese ser, pese a no ser humano, estaba más allá de estatutos y leyes.

El primer día en el nuevo hogar, Ana y Cleo celebraron su nueva vida con una cena espléndida, un paseo bajo la Luna y un montón de muestras de afecto. ¿Se podía pedir más? ¡Al carajo los infrahumanos que no aceptaban a la perra, pese a no molestar! Ellos, con sus estatutos, se perdían sin duda la ocasión de AMAR y ser AMADOS con mayúsculas, porque el amor (el de verdad) no distingue entre personas, razas ni especies.

Sintiendo la ausencia de Tomás pero contentas de seguir juntas, Ana y Cleo inauguraron su nuevo hogar entre lametones, caricias y muestras de afecto. Y eso era lo que las dos necesitaban para seguir viviendo.
@Pilar López Bernués.
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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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8 respuestas a LA HISTORIA DE CLEO, UNA PERRA LAZARILLO

  1. Una historia tierna de cariño entre un perro lazarillo, de los cuales he conocido muchos durante mi trabajo en la ONCE, y su amo y su esposa. Pero en la que de nuevo arremetes contra una pretendida maldad del ser humano normal contra los animales, querida Pilar. Y esto ya comienza a ser un poco cansino.
    Es cierto que en el Contrato de Arrendamiento de mi vivienda existe una clásula que indica que no puedo tener animales dentro de mi casa, pero los he tenido desde hace 21 años y el propietario jamás me ha llamado la atención por ello. Y los sigo teniendo, al igual que algunos otros de mis vecinos. Quizás cuando se firmó el primer contrato, en el año 1953, existiera esa costumbre por motivos que entonces fueran oportunos de salubridad. Pero actualmente no creo que nadie se atreva a imponer una norma tan absurda y menos cuando el piso es propiedad de quien vive en él.
    Me atrevo a sugerirte que tengas un poco más de fe en la raza humana, querida amiga.
    Excelente trabajo.
    Besos.
    Francisco

    • plbernues dijo:

      Hola, Francisco.
      Este relato lo escribí tras ver un programa de TV que suelo mirar porque me permite saber qué dice la Ley en determinados casos. Se trata del espacio “De buena Ley” en el que supuestamente una de las partes lleva a otra ante el tribunal para que actúe con arreglo a la legislación. Ya sé que los temas que se exponen pueden ser una actuación llevada a cabo por actores, pero como te decía me interesa como escritora lo que dice la Ley en determinados temas.
      Y vi hace tiempo un caso calcado al relato: Una mujer que, al quedarse viuda, se refugió en el perro. El presidente de la Comunidad expuso el tema de los estatutos y el deseo de la mayoría de los vecinos de que el perro saliera de la finca. La Ley le dio la razón al presidente.
      Y si me hablas de la maldad de los humanos hacia los animales… Puede que el tema sea cansino, Paco, pero me temo que es real, y no solo hacia los animales sino hacia nosotros mismos. Hay humanos buenos, por supuesto, pero es muy típico de nuestra especie ensañarnos con los más débiles.
      Besos y gracias por leer y comentar.
      Pilar

      • Pilar, desconozco la ley ya que no soy Licenciado en Derecho pero no creo que ningún Estatuto de una Comunidad de Propietarios pueda prohibir que cada cual tenga en su casa lo que quiera mientras no sea molesto o peligroso para los demás vecinos.
        Un acuerdo como el que indicas necesitaría de la unanimidad de los propietarios y no de una simple mayoría.
        Desde luego que si el perro es molesto y puede comprobarse fehacientemente lo entiendo, en otro caso no. Hace días se ha obligado a alejarse de su vivienda a un individuo que tenía complejo de Diógenes y acumulaba basuras dentro de ella, pero esos son casos extremos.
        Besos.
        Francisco

      • plbernues dijo:

        Paco, yo también desconozco la Ley, por eso me interesa ese programa, porque mis libros son de misterio y me va muy bien informarme un poco. En el caso que te he comentado, los estatutos estaban al día (no sé si hay un plazo para renovarlos) y el perro, estando adiestrado, no ladraba. Al parecer, la vecina de abajo se quejaba de que lo oía caminar por el piso y eso le molestaba. En fin, no voy a entrar a discutir el tema porque he de limitarme a lo que vi en el programa.
        El tema del síndrome de Diógenes es otra cosa, Francisco. Acumular basura, además de insalubre, produce un hedor espantoso y puede existir el riesgo de incendio, por ejemplo.
        Besos.
        Pilar

      • ¡Qué fino debía tener el oído la individua ésa! 🙂
        De un labrador, perro que acostumbra a ser el utilizado por la ONCE como lazarillo, no te das cuenta de su presencia como no sea que agredas a su amo. Y lo sé por experiencia, que una vez hice el paripé de gastarle una broma a un compañero invidente y casi me devora el animal.
        Hay gente pa tó, que decía el Guerra. El torero.

      • plbernues dijo:

        Pues sí, hay “gente pa tó”. Y ese programa me impactó porque la mujer, que ya era mayor, se fue llorando. Como te decía, es posible que se trate de actores y no de las personas físicas que han escrito al programa para exponer el tema, pero me puse en la piel de una mujer viuda, sin hijos, con la compañía de un perro que llevaba con ellos siete años y… ¡se me partió el corazón!
        Besos.
        Pilar

  2. romina dijo:

    pues hace una semana a salido el caso de un pobre lazarillo que dada la edad que tiene a sido “jubilado ” pero lo mas alarmante es que su jubilación a sido en la perrera ..SIN PALABRAS PARA CALIFICAR A ONCE :

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