MORENO (Cuento sobre un toro de lidia)

MORENO
Cuando el ternero abrió los ojos por primera vez, vio la oscura silueta de su madre. Estuvo tambaleante unos minutos, pero enseguida se “hizo” con su cuerpo, se sostuvo en pie y fue capaz de enfocar la vista y encontrar alimento. Aunque acababa de nacer, un potente instinto se encargaba de guiarle y mostrarle lo más imprescindible; luego, “mamá” le enseñaría poco a poco todo lo que debía saber.
El ternero era negro como el azabache y por ese motivo el mayoral lo llamó “Moreno”, aunque su “mami” seguía llamándole “MU”. Moreno era simpático y juguetón y en pocos días se hizo el cabecilla de un grupo de terneros de más o menos su misma edad. Era divertido correr por el campo, retozar, perseguirse y jugar a cornearse, pese a que los cuernos todavía eran un proyecto… Su mejor amigo se llamaba “Triguero”, no sabía por qué, pero tal vez la respuesta estaba en su color: era marrón como el tronco de un árbol y tenía dos lunares claros en las cuencas de los ojos. Al pelmazo de turno el mayoral le puso “Dormilón”. A ese sí le iba bien el nombre: Siempre tenían que ir a buscarle para jugar, refunfuñaba a menudo, y en cuanto se enfadaba corría en busca de su madre y se echaba una siestecita. ¡Era un aburrido! En aquella época todo el mundo de Moreno lo constituían sus amigos y su mamá. Por las noches, le gustaba tumbarse junto a ella, al raso, y ver la Luna y las estrellas, y oír cantar a los grillos… ¡Se estaba tan agusto!
Moreno fue creciendo. Pronto dejó de tetar y empezó a comer hierba. Por esa época, más o menos, lo separaron de su madre y lo llevaron con más becerros a otros pastos. Pasó unos días entristecido y asustado…. ¿Dónde estaría su mamá? ¿Por qué no acudía a protegerlo ni respondía a sus angustiosas llamadas? Las primeras noches se le hicieron interminables, añorando la tibieza, el calor, las caricias y las muestras de afecto de su madre… Al fin acabó por aceptar la nueva condición y trató de adaptarse. Además, Dormilón y Triguero iban con él y eso le animó bastante.
Durante tres o cuatro años Moreno fue feliz. Por la mañana pastaba por el campo y al atardecer bajaba hasta el arroyo, bebía en el abrevadero y miraba con asombro ese reflejo oscuro sobre el agua y que le intrigaba… ¡Se parecía mucho a un toro! ¡Pero jamás contestaba a sus “MU…”! Por las noches, Moreno se tumbaba en la hierba y dormitaba mientras rumiaba, contemplaba las estrellas y recordaba con un poquito de nostalgia su niñez, sus juegos y a su madre, que le había protegido con cariño y enseñado tantas cosas. Algunas veces el mayoral lo encerraba en un corral y eso no le gustaba nada porque, por encima de todo lo demás, él amaba la libertad.
Un día, Moreno fue obligado a entrar en un cajón. Trató de zafarse, protestó, pero lo encerraron al fin en un espacio oscuro en el que apenas cabía y en el que no podía moverse. Notó que movían la caja, la zarandeaban. Quiso cornear las paredes, más no había espacio ni para eso. Desesperado, asustado y muerto de calor, sintió que le faltaba el aire; acostumbrado como estaba a los espacios abiertos, allí dentro no podía respirar.
Cuando el terrible cajón se abrió, mucho tiempo después, el toro estaba desesperado. No entendía aquello. No sabía qué hacía allí. Salió a escape al intuir a su espalda la primera claridad. El sol lo cegó momentáneamente y creyó que lo habrían llevado a otros pastos, como cuando era pequeño. Moreno, no obstante, no vio árboles, ni prados, ni el cielo abierto, sólo otro corral cerrado, pestilente y sin agua ni comida… Eso le recordó que estaba hambriento y tenía sed. Su furia fue entonces tremenda. Clavó los cuernos contra los muros, recorrió el recinto dando vueltas y tratando de atrapar al mayoral o al tipo que le había dejado allí, pero no se ponían a su alcance… Al poco, abrieron un segundo cajón, un tercero y unos cuantos más. De ellos salieron Dormilón, Triguero y otros toros de lidia.
Estaba anocheciendo. Aunque el corral no tenía techo, apenas se veían estrellas y no cantaban los grillos, como en el campo. Dormilón no hacía más que quejarse porque tenía hambre y sed.
Llegó un nuevo día y con él la desesperación de Moreno aumentó. Estaba rabioso, asustado, hambriento. Quería salir de allí de una vez, pastar libremente por el monte, beber agua en el abrevadero del arroyo…
Ya estaba la tarde avanzada cuando una puerta se abrió y por ella se llevaron a Triguero… Un poco después hicieron lo mismo con Dormilón. Moreno estaba intrigado. La operación se repitió con otros tres toros y finalmente únicamente quedó él… Oía un ruido raro, como una música, y reconoció sonidos de “hombres” chillando y aplaudiendo. Aquello intrigó mucho a Moreno, que sólo había visto en toda su vida a unos pocos humanos y eran para él criaturas extrañas y complicadas.
La puerta se abrió de nuevo y el toro volvió a oír una música rara. Corrió hacia allí, hacia cualquier vestigio de libertad, pero se encontró encajonado y entonces recibió el primer pinchazo: Sintió un dolor agudo en el lomo y, aunque él no podía verlo, llevaba clavada una cinta de colores.
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Lejos de allí, a esa misma hora, dos hombres discutían acaloradamente ante un micrófono de radio. El primero, el señor “SI” estaba a favor de la Fiesta Nacional y era forofo de ella. El segundo, el señor “NO”, era un conocido ecologista defensor de los derechos de los animales.
-Semejante espectáculo – afirmó NO – es impropio de seres que se llaman a sí mismos “humanos”.
-¡No digas sandeces! – exclamó SI – ¡El toro prefiere morir luchando!
-¿De veras? ¿Se lo has preguntado a alguno, quizá?
-Una buena faena, es arte.
-Sí, claro, y un crimen perfecto también lo es. Arte es cualquier cosa bien hecha… ¿Me dirás tal vez que esa palabra justifica un robo magistral, por ejemplo?
-Pero ¿qué tiene que ver un robo o un crimen con todo esto? – gritó SI, exasperado.
-Nada… Solo que también son “arte”
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Moreno vio una puerta abierta y salió encabritado hacia ella. Veía luz, sol… ¡Tenía que ir allí! Se llevó, no obstante, una decepción: Esperaba encontrarse con Dormilón y Triguero, pero… ¡Sólo había un espacio circular, cerrado, sin salida alguna! Asustado, el toro embistió al primer “humano” que se puso a su alcance, más no lo veía apenas porque sus ojos, miopes, tan solo distinguían con claridad un gran paño rojo. Más allá del círculo de arena intuía que había mucha gente; los oyó gritar, aplaudir, y chillar algo parecido a “Olé…”. El toro estaba rabioso, quería luchar, quería huir de aquel lugar de pesadilla… Por fin, distinguió algo más grande. Era un caballo, lo reconoció, y sobre él había un jinete, que le recordó al mayoral. Haciendo acopio de toda su furia, embistió al caballo, pero en cuanto lo hizo un dolor tremendo le atravesó el lomo y, de inmediato, un reguero de sangre le bajó hasta las pezuñas.
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-Matar para vivir es una necesidad – dijo NO – pero hacer de la muerte un espectáculo y disfrutar con la tortura no es más que sadismo.
-¿Sadismo? – gritó SI – ¿Acaso no sufren los animales en el matadero?
-Sí, pero nadie se regocija con su muerte.
-Insisto en que un toro bravo prefiere morir luchando.
-Quizá lo preferiría si salvara la vida cuando alcanza al torero, pero la lucha es desigual y, haga lo que haga, no tiene opción.
-¿Prefieres que muera el torero?
-No. Prefiero que no haya toreros y que nadie se haga millonario matando.
-El torero gana dinero porque expone su vida.
-Pues que no la exponga. Hay mil formas civilizadas de demostrar el valor y mucho mas útiles para la sociedad. ¡Me río yo de la valentía cuando la lucha es desigual! Lucirse ante esa desigualdad es cobardía. ¡Me gustaría ver a esos “valientes” totalmente solos entre una manada de toros bravos, sin salida alguna, sin hinchas y condenados a muerte por mucho que se esforzaran! ¿Mojarían los pantalones, quizá? ¡No sois más que carniceros que disfrutáis con la sangre!
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Moreno embistió con rabia al caballo un par de veces más, pero cuanto más empujaba mas dolor sentía en el lomo. Estaba perdiendo sangre y se iba debilitando.
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-Creo sinceramente – dijo NO – que los amantes de la tortura y de semejante espectáculo de sadismo y muerte tenéis que revisar un poco vuestros principios. Como humanos andáis un poco bajos en la escala de la evolución, aunque seáis intelectuales.
-¡Sandeces! Se trata de un animal.
-Sí, claro, de un animal. ¿Acaso no sufre? ¿Acaso no tiene sus sentimientos?
-¿Sentimientos un toro? – respondió SI -. Te diré algo, señor “sabelotodo”: Los toros de lidia se extinguirían si se extinguiera la Fiesta.
-¡Pues venga! ¡Llevad ballenas a la plaza, que también están en peligro de extinción!
-Nadie ama más al toro que los que entendemos la Fiesta – atacó SI.
-¿Amor? ¿Ese es tu concepto del amor? Cuando alguien intenta justificar lo injustificable… ¡acaba diciendo auténticas sandeces!.
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Moreno escuchó de nuevo los acordes de “aquella” música. Vio a otro humano y lo embistió con furia, pero de nuevo se tropezó con el trapo rojo. Al poco, distinguió a alguien que le hacía señas desde lejos y corrió hacia él dispuesto a alcanzarlo. Cuando casi lo tenía notó de nuevo un dolor tremendo en el lomo. Llevaba algo clavado, algo que se movía y le maceraba la carne con cada movimiento. Rabioso, volvió al ataque una vez más, y otra, pero en ambas ocasiones recibió un impacto antes de llegar. El reguero de sangre era ya abundante.
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-Si no te gusta la Fiesta – dijo SI – no vayas a verla. ¡Nadie te ha pedido tu opinión!
-Pero resulta que yo vivo en una sociedad que se rige por unas normas, y un espectáculo de sufrimiento, sangre y tortura es aberrante. Es más, puede verse en televisión a horas en las que los niños están en casa.
-¿Y qué?
-No es para niños.
-¿Por qué? ¿Acaso ellos no comen carne?
-Sí, pero han de aprender a reprimir el sadismo y la crueldad y la Fiesta los fomenta. Todos los humanos tenemos un hilo cruel y morboso; sólo falta que la sociedad nos obsequie con un espectáculo sádico y, encima, lo eleven al rango de “Fiesta Nacional”. ¡Es una vergüenza! ¡Y luego nos extrañamos de que determinados adolescentes disfruten torturando a otros y colgando vídeos en la Red!
-¡Ya estamos otra vez! – replicó SI – ¿Qué tendrá que ver una cosa con otra? ¡Arréglate el cerebro que tienes las ideas giradas!
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Moreno siguió embistiendo al torero, aunque sin lograr alcanzarlo. Una vez tras otra el manto rojo se interponía. A su miopía se sumaba ahora la debilidad, porque apenas había comido últimamente y ya había perdido mucha sangre. Exasperado, sin entender qué era aquello, escuchaba “Olés” e intuía a una multitud de enemigos a los que no podía dar alcance.
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-Hay mucha gente que vive de los toros – dijo SI.
-También los ladrones viven de sus “trabajitos”.
-¡Y dale!
-La civilización ha de caminar hacia arriba – respondió NO- Y eso significa fomentar los mejores valores, no recrearse en los peores.
-Las tradiciones son cultura….
-¿Y? – interrumpió NO –. Las luchas de gladiadores, el canibalismo y las crucifixiones masivas también eran tradiciones, por no hablar de la Inquisición (a la que me niego a llamar “Santa”). ¿Por qué no quemáis a unos cuántos herejes en las hogueras para preservar una tradición muy nuestra?. Las costumbres que sean positivas merecen conservarse, pero las negativas se han de erradicar.
-¡Dices tú que la Fiesta es negativa! – atacó SI.
-¡Lo es! Es lamentable que un ser que se llama a sí mismo humano disfrute con la tortura, además con el beneplácito de que es legal, lo que le permite poner al descubierto sus instintos más bajos. Pero te diré algo: También la Fiesta es negativa para los antitaurinos porque, en general, despierta un sentimiento de total desprecio hacia el torero y lo que le suceda, lo que no es positivo tampoco.————————————
La música cambió otra vez. Moreno tenía frío, un frío glacial que le iba invadiendo poco a poco; la vista se le nublaba y casi no distinguía ya el trapo rojo. Enfurecido, iba agotando sus últimas fuerzas tratando de destripar al torero, pero no le daba alcance porque apenas lo veía ya.
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– La Fiesta es una reminiscencia de las luchas de gladiadores – dijo NO de nuevo – ¿Crees que eran un buen espectáculo?
-¡Se trataba de humanos! – exclamó SI
-¿Dónde está escrito que ser la raza dominante nos de derecho al despotismo y a tratar al resto de los seres sin un mínimo de consideración?. Además, corrígeme si me equivoco, pero el torero también puede morir, y yo diría que es humano… ¿?
-La naturaleza es cruel.
-Sí, pero sólo lo justo, y todos los animales que matan lo hacen para vivir, no para montar un espectáculo.
-¡A los toros nos los comemos!
-¡Faltaría que, encima, tiráseis la carne a la basura!
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El torero entró a matar. Moreno notó la hoja fría del acero atravesarle las costillas. Ya no sentía dolor, soóo una flojedad tremenda y una rabia que le corroía los huesos. Trató de alcanzar al torero una vez más, pero no lo logró de nuevo. Vio capotes rojos, muchos, mareándole… Se le iba la cabeza y las patas empezaban a fallarle. La estocada no había sido buena y recibió un segundo espadazo.
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-El arte de ver a un “maestro” en plena faena requiere una sensibilidad especial – afirmó SI.
-¿Sensibilidad? – respondió NO – ¡Ningún ser humano con un gramo de sensibilidad puede presenciar impasible semejante carnicería! Tratáis de disfrazar la Fiesta con palabras como “arte” y “sentimiento” ¿A quién pretendéis engañar? Sólo os engañáis a vosotros mismos queriendo justificar lo injustificable. Os gusta la sangre, esa es la única realidad.
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La segunda estocada había sido certera. Moreno empezó a escupir sangre por la boca y se quedó sin respiración. Trató de mantenerse en pie a toda costa, trató de alcanzar al torero, de destriparlo… Ya no veía. Todo le daba vueltas pero se negó a sucumbir porque era valiente y no iba a rendirse; siguió luchando un segundo más, y otro, y otro… Las patas se le doblaron finalmente y entonces cayó a la arena en medio de un charco de sangre. Lo último que oyó fue “Olé” y, como un flechazo, pasó por su mente el prado en el que se crió, el abrevadero del arroyo y la Luna iluminando el límpido cielo del monte.
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-No puedes entender la Fiesta – dijo SI. Es algo “grande” y solo puede “sentirse”.
-Mira – respondió NO – No quiero discutir más porque tú y yo nunca nos pondremos de acuerdo. Pero si algo tengo claro es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre: ¡Sois un atajo de sádicos, carniceros e insensibles que disfrutáis con la sangre! Y eso, digas lo que digas, es impropio de seres que se autodenominan humanos.

Pilar López Bernués

 

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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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