¿ESTAMOS CREANDO SERES (CIUDADANOS) CON RESPONSABILIDADES?

Cuando yo era niña y adolescente, ir al “cole” no era precisamente el lujo que es ahora. En aquella época, la entrada en las aulas se hacía después de cantar en el vestíbulo el “Cara al Sol”, “Viva España” y otro himno por el estilo que no recuerdo. Si alguien llegaba tarde (tuviera la edad que tuviera) era castigado/da de forma humillante, como se castigaba a la más mínima oposición a la autoridad educativa, sin considerar si el retraso era culpa de un niño/a de cuatro-cinco años… Algunos ejemplos:

 

         Un día (yo tendría unos siete años) mi profesora, que estaba a punto de jubilarse, faltó a clase por la tarde. A todas las niñas (en esa época nos separaban por sexos) nos llevaron al aula de una mujer joven, que nos distribuyó en medio de sus alumnos (mesas de cuatro). Y yo… ¡cometí un error del que nadie me avisó! Estaba haciendo los “deberes” cuando advertí que me había equivocado, de modo que arranqué la hoja y traté de empezar de nuevo. En ese momento una de las niñas habituales de la clase en la que yo acababa de aterrizar, y que me tenía ojeriza, se chivó a la maestra… (recuerdo que era una persona joven, de no más de “veintipocos”), me hizo salir de mi sitio, subir en el pedestal en el que estaba ubicada su mesa y… “tragarme el papel” porque, según ella, arrancar una hoja era un delito y con eso amputábamos un miembro a la libreta… No me tragué la hoja, por supuesto, y cuando unos días más tarde (nuestra profe jamás regresó porque empalmó con la jubilacíon) volví a arrancar una segunda hoja me castigó por la mañana a que antes de regresar por la tarde escribiera 100 o 200 veces (no recuerdo el numero) la frase: “No se arrancan hojas”.  Llegué a casa, comí corriendo y puse “manos a la obra” pero sustituí el “No se arrancan hojas” por un “Sí se arrancan hojas”. Por suerte para mí, y pese al tiempo que me llevó escribir aquello, no llegó a pedirme el trabajo-castigo.

 

         Con nueve años mis padres me cambiaron de colegio y fui a parar a uno de monjas. Allí se usaba uniforme y la madre (modista) de una amiga, que empezaba en ese centro al mismo tiempo que yo, nos hizo los uniformes, totalmente idénticos a los que se llevaban salvo en algo: seis botones azul marino sobre la pechera de un pichi no eran exactos a los establecidos. Recuerdo que el primer día la monja que estaba en la entrada advirtió a mi madre y le exigió que los cambiara; otra hermana, de nivel superior, le dijo que no hiciera caso… Bueno, unas semanas más tarde, esa monja que se ocupaba de la entrada me impidió salir a mediodía, me encerró y no me permitíó hacer  ni una llamada. Con nueve años, me sentí totalmente desamparada e impotente mientras pasaban los minutos, se me impedía salir y las lágrimas anegaban mi rostro. Por suerte para mí, la madre de otra niña, que conocía a mis padres, se encaró con la monja y me sacó de ese infierno.

 

 

         Y también con nueve años pude ver, mientras estábamos en clase, cómo una niña de unos cinco-seis era escolada por otra compañera de curso y la iba paseando de aula en aula, con una pancarta colocada sobre el uniforme en la que ponía algo así como: “Soy una guarra”. El delito cometido por esa pequeña fue el de olvidar una libreta en casa.

 

Repasar hechos como los mencionados ahora parece increíble ¿verdad? Pero me temo que nos hemos ido de un extremo al otro, como solemos hacer los humanos. Si recibir bofetadas en clase (no las he descrito pero las tuve) era algo habitual y consentido, como eran las torturas psíquicas que muchos niños pequeños acabamos padeciendo (tampoco las he explicado todas) también es cierto que lo que hay ahora es injustificable.

 

Por lo que he podido observar en mis viajes a distintos IES de toda España, se ha perdido cualquier esbozo de autoridad. Los chicos hacen lo que les da la gana y los profesores cada vez disponen de menos medios para enderezarlos. Aluciné cuando me dijeron que una profesora, en un libro-forum, despachó a unos pocos alborotadores y la respuesta de ellos fue que “se quedaban porque les rotaba” ¡y ahí permanecieron!

 

Si en mi época las palizas y los castigos descomunales no se justificaban, me temo que nos hemos ido al extremo opuesto, es decir, permitir que críos y asolescentes hagan lo que “les rote” porque se sienten amparados por el APA y la Ley del Menor.

 

Creo, honestamente, que estamos creando monstruos. Afortunadamente, siempre existen los estudiantes (niños o adolescentes) que reciben educación en sus casas y poseen principios pero, ¡no nos engañemos! Ni existe respeto a la autoridad ni existen unos mínimos valores porque hemos hecho de los menores una especie “sobreprotegida” ¿Eso es lógico? ¿Se puede permitir que niñatos “pasen” de todo y salgan de “rositas”? ¿Es normal que graben en vídeo palizas a otros estudiantes, incluso profesores, y cuelguen sus “obras maestras” en Internet? Incluso un sargento de policía local me confesó hace años, cuando pusimos una denuncia porque a mi hijo le robaron la moto, que estaba hasta los hue… y que cuando se topaba con un menor, por muy violento que fuera, tenían que ir con cuidado para que el "niño" no pudiera enseñar un sólo moratón; en otras palabras: ¡pasar del tema!

 

Mi opinión es que estamos creando una generación de “lobos” (con todo mi respeto a esa especie, que me cae muy bien) y que si no ponemos freno, la humanidad, en general, lo tendrá muy mal. ¿Dónde están los principios? Y cuando me refiero a ellos no pienso en la monja-frustrada-que-me-secuestró, o la profesora que quiso que me tragara la hoja de una libreta. Si aquello era abominable, lo que tenemos ahora no lo va a la zaga.

 

Aluciné (imagino que como muchas personas) cuando un par de adolescentes mataron a otra por pura diversión (hablo de un caso pero hay centenares), o cuándo un acusado de un crímen injustificable (sólo por pasar el rato) salió de “rositas” porque le faltaban horas para ser mayor de edad…

 

Parece que los humanos vamos de extremo a extremo, que no sabemos caminar por el camino del medio que, normalmente, suele ser el mejor…

 

Si no cambiamos la Ley del Menor, si no consegimos que niños y adolescentes asuman que, mientras estén bajo una tutela, han de aceptar unas normas, tenemos poco que hacer. Imagino que muchos recordarán a esa madre sordomuda que, por darle un cachete a su hijo, se enfrentó a la prisión… ¡Pues yo le dí cachetes a mi hijo! Y ya digo aquí que lo quiero más que a nada en el mundo y él me quiere a mí; pero parece que se ha habilitado una burbuja proteccionista en torno a cualquier menor sin tener en cuenta que, como ser, ha de asumir responsabilidades desde la cuna. O aceptamos eso, pese a quién pese, o estaremos creando monstruos, esos “monstruos” que tarde o temprano tendrán que pagar nuestras pensiones ¿? ¡Lo tenemos jodi.. si no cambian las cosas!

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Acerca de plbernues

Escritora y conferenciante de libros-forum.
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2 respuestas a ¿ESTAMOS CREANDO SERES (CIUDADANOS) CON RESPONSABILIDADES?

  1. Yolanda dijo:

    A mi hija cada vez que se salta las normas de como tiene que escribir, el profesor le arranca las hojas, lleva bolígrafos que se borran. La última vez no se ni porque, porque cumplía las normas y toda la tarea se la arrancó. Para mí eso es una forma de maltrato…

    • plbernues dijo:

      Por supuesto, Yolanda, que lo que explicas es una forma de maltrato. Por desgracia, los humanos solemos irnos a los extremos. Educar es enseñar, ni permitirlo todo ni castigar de forma injusta o humillante.
      Un saludo.
      Pilar

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